Relato: Tejedora

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En Comunidad Umbría se ha organizado un taller de escritura para realizar ejercicios y diversos juegos, con un tono relajado y voluntario.Este consistía en usar una serie de palabras (en orden) para un relato de no más de 2.000 palabras. Me ha parecido una gran oportunidad de escribir un poco más y con el primer ejercicio he aprovechado para dar forma a un relato que ya me rondaba la cabeza, ambientado en el mismo mundo que transcurre la novela en la que sigo trabajando.

Exacto, me molo tanto a mi mismo que ya me hago fics y spin offs 😛

Al relato no le vendría mal algo de revisión aún, pero para el ejercicio me pareció que estaba bien así.


La muchacha desmontó quitándose los guantes y metiéndolos bajo la cincha de la silla. Estiró los brazos y relajó la espalda tras la larga cabalgada mientras comprobaba el terreno en los alrededores de la mansión. Su montura se agitó nerviosa, pateando el suelo con las cuatro patas delanteras, hollando la tierra con sus afilados cascos.

El cartel de hierro forjado aún presidía la inexistente verja de entrada, un agujero más en el deslavazado muro que rodeaba la finca. El ladrillo no soportó el paso del tiempo tan bien como los gruesos sillares de piedra gris del edificio. La existencia del muro era testimonial en el mejor de los casos.

Rozó con la yema de sus dedos el broche de plata de su capa, notando la energía acumulada en su interior. Fluyó por su cuerpo y tejió las hebras, que cubrieron su capa, haciendo que su figura se difuminase contra el entorno. Alzó la capucha sobre su rizos rubios y mientras su rostro se desdibujaba urdió una compleja máscara de hebras brillantes trazando un complejo dibujo de plumas azules antes de desaparecer por completo en el aire.

Avanzó envuelta en la certeza de saberse indetectable a través del jardín, pasando sobre los muertos parterres sin molestarse en rodearlos a través del sinuoso sendero a través de un terreno muerto y seco, o asilvestrado en el mejor de los casos. Nada se interpuso en su camino hacia la pesada puerta. Saltó los tres escalones que conducían al porche cubierto acompañada del olor a madera y aceites. Resultaría obvio para cualquiera que aquella puerta era un añadido reciente a la mansión abandonada. No trató de cruzarla, sino que salto por un costado, pasando por encima de la balaustrada de mármol y avanzó junto a la pared hacia la parte trasera.

Consultó un pequeño libro, encuadernado cuero rojizo, desgastado y surcado de marcas, que mantenía cerrado con un cordel de seda. Leyó a través de las hebras luminosas de su máscara, gracias a las que podía ver a través del camuflaje del broche, aunque a cambio le mareaba tener que fijar la vista en su propia escritura, menuda y precisa.

Sus fuentes aseguraban que el grabado de un pato en el friso que adornaba el pie de las paredes de la mansión le permitiría dar con un pasadizo construido por los nobles que la habitaron. Puede que para escapar en caso de peligro, pero la mayoría decía entre risillas que la última Primus de la región lo había usado para permitir paso franco a sus muchos amantes.

Los relieves solo eran bultos informes, desgastados por centenares de años de erosión… y tras tanto tiempo lo que quedaba en la memoria eran los amoríos de una mujer. La gente era terrible. Tanto le daba, se dijo, mientras seguía buscando agachada junto a la pared. No descubrió la fastidiosa ave pero sintió en la punta de los dedos la sacudida de un residuo de energía, una varilla de metal inserta en la piedra. El regusto, un punto picante, era de oro. A la antigua nobleza le gustaba usar oro en sus acumuladores aunque no fuera mejor que la plata, ni siquiera que el acero. La estupidez nunca resultaba pragmática. Tanteó en busca de una trampa que no estaba allí. Urdió las hebras indicadas, una sencilla salvaguarda, nada demasiado sofisticado.

El muro se deslizó hacia el exterior, arrastrando la gravilla del patio. El rascar le pareció escandaloso en la antinatural quietud de la zona. Se sumergió en la estrecha abertura sin esperar a que estuviera abierto por completo a través del estrecho pasadizo, guiandose mediante la luz que se colaba por la puerta a sus espaldas. La máscara la intensificaba, permitiendo descubrir detalles como los paneles de madera que recubrían las paredes, o los soportes de lamparas que alguna vez alumbraron ese rincón. No había otra opción que seguir adelante en aquella ratonera donde cualquiera podría emboscarla. Ni siquiera la solida sensación de su brazalete de acero, rebosando energía, lograba mitigar la tensa sensación de encontrarse atrapada.

Unas escaleras, empinadas y tan estrechas que casi creyó que tendría que subirlas de costado, siguieron al pasillo. Ni siquiera su máscara le permitía penetrar las sombras del piso superior. Trepó, más que caminó, por aquella quejumbrosa madera desplazando su peso con cuidado sin evitar los chirridos de siglos de descuido. Su mano se cerró en torno a la daga buscando la seguridad del arma. Al finalizar el ascenso se sumergió a tientas en la oscuridad. El latir de su sangre martilleando sus oidos era cuanto percibía a medida que el pasadizo la engullía.

Concentrada en avanzar tardó en descubrir el rumor de una conversación. Amortiguada, distorsionada e imposible de comprender pero eran voces, no cualquier ruido propio de una casona abandonada. Rozando la pared con las manos para evitar tropiezos apresuró el paso, antes de que las voces cesaran. Su capa removía el polvo largo tiempo posado en aquel rincón oculto, envuelta en una nube que hacía lacrimar sus ojos. Topó con el final del pasadizo, al otro lado las voces eran más sonoras y nítidas.

—Ha comenzado a cambiar — dijo la voz de un hombre joven—. Esta vez ha funcionado.

—No estoy tan segura —respondió con frialdad una grave voz femenina. Sonaba acostumbrada a que se le diese la razón, quizás una noble o una mercader—. Las otras veces comenzó igual y lo único que logramos fue un… rechazo. Y no resultan agradables.

Sus palabras le hicieron hervir la sangre, pero no le pasó desapercibido que a pesar del tono desapasionado de la mujer hubo vacilación, inquietud por el resultado de sus profanaciones. Más le valdría haber tenido más, mucho más miedo, el suficiente para alejarse de aquellas repugnantes prácticas.

Se inclinó para colocar su oído contra la madera, para juzgar la posición de aquellas personas o cuantos más habría. Al menos uno más, aquel que estaba… cambiando. La mera idea le produjo una sacudida de repugnancia. Un tornillo suelto por el paso del tiempo y el desgaste de la madera se enganchó a su capa, haciéndola trastabillar. Buscó apoyo en la madera frente a ella y esta cedió con brusquedad. La puerta oculta la lanzó al otro lado mientras su capa se desgarraba y las hebras del camuflaje rielaron, revelando su figura un instante ante los perplejos ocupantes de la habitación.

La habitación podía haber sido un dormitorio o un despacho antaño, no quedaba mobiliario que atestiguara su antigua función, y se había limpiado de escombros. En el suelo, sobre una simple estera, un hombre se retorcía, hecho un ovillo, emitiendo quedos gruñidos. De pie a su lado un muchacho y una mujer miraban en su dirección sin estar seguros de lo visto. Sus miradas se buscaron, tratando de confirmar lo sucedido con el otro. ¿Realmente habían visto a una mujer con un jubón de cuero rojo y el rostro cubierto por una brillante máscara azul?

La mujer de voz grave se remojó los gruesos labios antes de decidir abrirse paso hacia la puerta con un empujón en el hombro del muchacho. Su vestido de seda se agitó alrededor de sus piernas, entorpeciendola, pero ya lo agarraba con las manos alzándolo sobre las rodillas antes de trasponer el umbral.

Dejó de suministrar energía al tejido de camuflaje, dañado sin remedio a causa de un simple clavo oxidado, y este comenzó a desgranarse de forma natural. El ambiente se cuajo de motas de energía arremolinandose a su alrededor, atrapadas en la corriente de aire que cruzaba los amplios ventanales, huerfanos de cristales. Un remolino de motas brillantes y polvo la rodeaban, la energía brillaba un instante antes de volverse grises como la ceniza, mientras su figura aparecía a retazos, a medida que se desmoronaba el conjuro.

El brazo que empuñaba la daga terminaba bruscamente en el codo, y una mano aún invisible atrapó a un muchachito de apenas quince años, que boqueaba incapaz de reaccionar, por la garganta. Lo empujó contra la pared, sacandole el aire de los pulmones, y solo entonces intentó librarse de la presa sobre su cuello, pero las hebras de plata que rodeaban el brazo aún invisible le daban fuerza suficiente para ignorar sus intentos. La afilada cuchilla rozó su mejilla, logrando que dejase sus esfuerzos para suplicar piedad.

La máscara de la mujer comenzaba a deshilacharse, sus hebras, similares a plumas, flotaban ante ella, revelando unos fríos ojos ambar.

—¿Dónde está el akrin? ¿Dónde lo tenéis? —bramó con furia mal contenida.

—¡No tenemos ningún akrin! ¡No me mateis, señora! Todo es obra de la señora… la dama Nazeid. Ella nos da los corazones de akrin… dijo que podíamos convertirnos en uno de ellos ¡que viviriamos para siempre!

Estúpidos. Estúpidos. Estúpidos. Mátalos a todos. Las palabras de su aprendizaje resonaban en su cabeza como un mantra. Se sentía tentada de hacerles caso. Su mirada bajó al hombre que se retorcía en el suelo. En su carne desnuda surgían formas bulbosas de color violaceo. No habría ningún cambio, ya había visto aquello antes. Estaba muerto, hiciera lo que hiciese ella.

—¿Nazeid… es quien huyó?

—E… Eika, es su… doncella. Ella trae a los candidatos al santuario… yo no hice nada, solo hago lo que la señora me manda, yo nunca quise hacer esto…

—Calla la boca —rezongó asqueada por sus obvias mentiras.

Extrajo energía del acero, refulgió dorado en su muñeca mientras tejía un conjuro que inmovilizaría al muchacho. Estaba tan aterrado por el brillo bajo su nariz que ni intentó eludir las hebras mientras le rodeaban. Lo dejó atrás, sometido por brillantes hilos tan resistentes como la mejor de las sogas mientras corría tras Eika, siguiendo el rastro de polvo alzado por su carrera hacia el piso inferior. La descubrió al pie de la larga escalinata que descendía hacia el recibidor, ocupada en descorrer los pesados cerrojos que no les habían protegido y ahora la retenían.
Hiló nuevas hebras plateadas que se enroscaron en sus piernas mientras saltaba sobre el pasamanos de la escalera, cayendo al piso cinco metros por debajo con la ligereza de un felino sin perder el paso. Saltó sobre la espalda de la mujer cuando cruzaba la puerta, y rodaron por el porche y los escalones, enredadas en la capa y las faldas de seda. Con las espirales de plata brillando alrededor de sus brazos la retuvo contra el suelo.

—¿Dónde está el akrin? ¿Dónde consigues los núcleos? —volvió a exigir escupiendo las palabras al hermoso rostro de Eika. Esta le devolvió una sonrisa confiada. Sus ojos violetas le sacaron de su error antes que sus palabras.

—La tienes delante, estúpida.

Estúpida. Estúpida. Estúpida. Las palabras resonaron en su cabeza junto al golpe en el pecho y el crujir de costillas. Su espalda chocó contra la balaustrada de marmol del porche, y le extrañó no gritar de dolor, así como sentir la gravilla contra su mejilla. ¿Cúando había caido al frente? Trató de tejer hebras… su instinto dictó las ordenes, puesto que su cabeza le daba vueltas. Tiró de cada mota de poder almacenada en acero y plata y lanzó las hebras en un torbellino verde y rojo que laceraba marmol, madera y tierra a su paso.

Debía incorporarse, se dijo, su mano no sostenía la daga… ni siquiera sabía cuando la había perdido. Alrededor de ella el suelo estaba desgajado en una marca espiral, la grava arrancada, los adoquines del viejo sendero cortados limpiamente y la tierra oscura y húmeda visible… liberando olor a tierra húmeda, aunque hacía días que no llovia. El olor a tierra mojada le gustaba. Era curioso lo que se le pasaba por la cabeza mientras debería estar intentado ponerse en pie, pero no estaba segura de si sus piernas le estaban haciendo caso.

Entre la neblina de tierra, piedra y motas difuminandose en el ambiente no era capaz de descubrir si la akrin seguía en pie. Algo se agitó. Hebras rojas, doradas y negras. La cabeza le daba vueltas. El olor a tierra mojada resultaba… agradable.

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