Nombre Real: Nakamoto Takeru Le llaman: Takeru
Categoría: Guerrero País de Origen: Lannet
Fecha de Nacimiento:  En el 968 Edad: 21 años
Grupo Sanguineo: A+ Color de Cabello: Negro 
Color de Ojos: Verdes  
Altura: 1’64 m Peso: 75 kg
Hobbie: Hace algunos años jugaba a Eden por afición, hace tiempo que no lo practica, pero le sigue gustando. Su mayor ambición: No tiene una ambición clara, quiere seguir adelante a pesar de que a veces no cree merecerlo.
Su mayor tesoro: Atada en la saya de la katana lleva una pequeña talla de una peonía hecha en jade. Está desgastada por el roce y acostumbra a manosearla mientras está sentado o pensando en algo. Pertenecía a su hermana menor, Sayuri. Le agrada: El olor de las peonías, en el jardín de su casa había muchas de estas flores, le evocan recuerdos de tiempos mejores, y de la gente que ha perdido. Aparte de eso le gusta el sake caliente y componer poemas, aunque no tiene mucho talento.
Le desagrada: La gente perezosa, los que no progresan por temor al fracaso, la gente ambiciosa, la carne de cerdo, y la violencia sin sentido. Comida Favorita: Le gustan los wagashi, el mochi, los suama… todas las variantes de dulces de su tierra natal. Fuera de esta le es dificil encontrarlos, y mucho menos de calidad, y el tipo de dulces que ha encontrado fuera usan mucho más azucar, son muy diferentes. Algunos le han gustado, pero echa de menos los postres de Lannet. 
 Color Favoríto: Suele vestir de colores apagados o claros, pero le agrada el violeta, el sageo de su espada es de ese color. Mientras que la saya es blanca. Está interesada/o sentimentalmente en: En mujeres, pero en ninguna en particular actualmente. 
Su mayor defecto: No se perdona los errores, además tiene muy poco autocontrol, para lo bueno y lo malo. Su mejor virtud: Es responsable de sus actos, asume siempre las consecuencias.
Padres o Familiares conocidos: Murieron… hace un año en Lannet. Cita propia: Puedes resistirte, negarte… luchar con todas tus fuerzas. Pero al desenvainar solo logras que llegue la tormenta. Y entonces lloverá sangre… siempre llueve sangre.
Estilo de lucha: Al contrario de lo que muchos de los maestros de su tierra predican Takeru no fluye por el escenario del combate, no se mueve buscando desequilibrar al rival, no desvía los golpes con sutileza… Takeru es potente y directo, basa su habilidad combativa en su gran destreza con la hoja, amagando golpes, en la velocidad de su espada es en la que confía no en la de sus piernas. Contrario a lo que se dice adecuado su hoja buscaba la del rival, el choque con esta abría la guardia de sus oponentes, poco habituados a duras paradas y la presteza de sus ataques tanto con los puños como con el arma rompía sus defensas. Su estilo no es brusco y basado en la fuerza bruta, como algunos creyeron antes de ser derrotados, sino que se basa en la pura habilidad marcial, no en el movimento y las piruetas, es un luchador muy equilibrado en lo ofensivo y defensivo.

Takeru nació bajo un mal presagio. No era el primero, ni mucho menos, muchos niños no nacían bajo buenas estrellas y el astrologo sencillamente preparaba talismanes para él, colocaban escritos sagrados en su cuna, poblaban la casa con bendiciones. Al fin y al cabo un mal comienzo no es nunca definitivo. Pero Takeru llevaba su mala fortuna en los ojos. Unos ojos profundamente verdes, intensos y despiertos. Los ojos del hijo de un dios o un demonio… ninguna de las dos cosas era buena. A pesar de todas las advertencias sobre lo apropiado que sería entregarlo a un templo o a los kami su madre se negó. Y su padre, profundamente enamorado de esta, no pudo imponerse. Su familia, supeditada al control de los Asakura, no era de gran importancia, su padre, Takeshi, servía en el ejercito Asakura, su madre Sachi administraba sus propiedades y guiaba la casa, la educación de sus hijos y además había recibido cierto entrenamiento con el yari y la naginata.

A pesar de portar la desgracia consigo nada volvió a despertar la suspicacia de los sacerdotes pues Takeru creció con normalidad, fue formado como samurai guerrero destacando en sus habilidades marciales mientras a su alrededor el mundo cambiaba rápidamente y Varja entera se desligaba de Abel, recuperando la independencia que nunca dieron por perdida. Un muchacho como él sentía deseos de acudir a la lucha contra quienes les habian esclavizado e impuesto una religión que nada tenía que ver con sus costumbres, pero su violento impetu era refrenado siempre por sus sentimientos hacia Aya. Esta era una muchacha de salud fragil, hija de nobles, pero que por su delicado estado residía habitualmente lejos del barullo de las cortes, en una mansión apartada, cerca de la casa de la familia Nakamoto. Takeru era impetuoso y enamoradizo, pronto, tras verla cruzar en un palanquín frente a su casa, pálida, quebradiza, hermosa, aparecio por la noche en el patio del hogar de esta, dejando en su ventana una de las peonías blancas de su jardín junto a un haiku.

Koraekanete
kuzururu yoru no
botan kana

Incapaz de aguantar más
la noche se rompió
para la peonia

Esa noche ni siquiera cruzaron una mirada. Desde entonces el joven acudía de cuando en cuando, regalando flores y versos a la muchacha. Pasaron años sin que este cortejo variase, Takeru amaba profundamente a una mujer que ni tan siquiera había visto de cerca, solo el retazo de su visión en un palanquin, su blanca piel, sus delgados dedos sujetando una cortina y su negro pelo, largo y sedoso.

Sin poder contener más sus sentimientos una noche se presentó ante ella, sin flores ni poemas, el guerrero tenía ya 19 años y sin haber cruzado una sola palabra con su amada se deslizó en la habitación de esta y ella, sin una palabra, abrió su lecho para él.

La mañana encontró a los dos amantes abrazados, agotados habían caido dormidos sin pensar que la criada que atendía a Aya podía encontrarlos. El padre de ella montó en colera al saberlo, Takeru había estado cortejando tres años a su hija, esperando las visitas que esta hacia a la mansión cuando su salud se resentía de la ciudad, esperando sus propias vueltas al hogar tras comenzar a servir en el ejercito… pero él solo comprendía que un samurai sin aspiraciones había mancillado su pertenencia más valiosa.

Llevandole semidesnudo y atado hasta sus padres, golpeado por sus guardias, el padre de Aya exigia un castigo, una venganza… quien sabe que pretendía. Cuando la mano de este golpeo el rostro blanco de Aya rompiendo su fragilidad con una marca negruzca todo se volvió rojo. La lluvia de sangre cayó sobre él por vez primera. Desde entonces cada vez habían sido más frecuentes.

Cuando recobró el sentido su cuerpo estaba dolorido, debil y sangrante. Las laceraciones y el dolor solo eran sobrepasadas por el horror. A su alrededor la casa estaba destrozada, las paredes salpicadas de sangre o destruidas, los cuerpos de guardias y criados yacían a su alrededor por igual, y entre todos ellos estaban sus padres, sus hermanos y hermanas, incluso la pequeña Sayuri, que solo tenía cuatro años. Y entre ellos estaba Aya… su flor pálida y cristalina, rota y quebrada, cubierta de sangre. No pudo contenerlo más y huyó para vomitar en el jardín, arrasado por la lucha, la sangre y los cadaveres. Horrorizado por tanta muerte recogió el daisho que guardaba en su habitación junto a su armadura, a salvo de sangre y muerte, tan inmaculadas que no parecía real y huyó, huyó tan lejos como pudo.

Durante meses vivió escondido en las montañas, malviviendo como pudo, como un salvaje, con su espada y armadura escondidas, sin atreverse a mirarlas, sin atreverse a pensar en que había sucedido. Cuando lo entendió estuvo a punto de suicidarse. Era lo adecuado… lo justo… muchos habían muerto y el seguía vivo, no merecía más que ellos. Pero no pudo hacerlo. Con la espada en las manos, dispuesto a dejarse caer sobre ella y morir atravesado y el rostro arrasado en lagrimas pudo escuchar la voz de Aya, notó sus brazos rodeandolo, apartandole de la espada. Puede que fuese el hambre y la locura, pero cayó inconsciente y cuando despertó no tuvo el valor de morir. Puede que ella le quisese vivo por alguna razón… puede que debiese vivir para sufrir por las muertes que había causado. Si así debía ser viviría cuanto fuese necesario recordando el mal que había hecho.

Escapó de Lannet, no podía seguir alli con lo que había hecho, a su espalda quedaba su horrible crimen, sin saber siquiera si la justicia le perseguía por ello. Vendió el wakizashi por un puñado de oro, era una hermosa pieza, y en Shivat le pagaron por ella sin preguntar de donde venía, con eso pagó un pasaje a Phaion… de ahi en adelante… solo le quedaba esperar…

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