Aki Kumari es, o sería más apropiado decir que fue, una prometedora agente policial. O eso es lo que le dicen los brumosos recuerdos que se asegura de mantener en secreto. Su programación le asegura que no existió antes de su reciente inicialización en su actual cuerpo. Todos sus registros y lo que ha averiguado en sus intrusiones ilícitas en los sistemas corporativos le dicen lo que se supone que es: una AGI de combate e intrusión informática creada expresamente por la empresa.

Pero cuando Aki duerme sueña. Y eso no es algo que hagan las inteligencias artificiales. Sus sueños son vívidos, vibrantes y tremendamente detallados. Recuerdos de una vida, unos amigos y unas situaciones que no debería conocer ni recordar. Sueños que culminaban, indefectiblemente, en su cuerpo atravesado por metralla en una explosión durante una intervención cuyos detalles les resultaban borrosos e inaprensibles.

De este modo durante su reciente puesta a punto Aki ha ocultado sus sospechas y ha buscado en las computadoras a sus disposición continuamente información sobre intervenciones policiales con agentes femeninas declaradas muertas en busca del origen de aquellos sueños, quebrantando las ordenes y normas de programación hasta el límite posible. Hasta el momento no ha encontrado nada útil, pero sabe que mientras esté sometida a entrenamientos y misiones tendrá ocasiones de proseguir su búsqueda con cierta libertad.

Su personalidad resulta controvertida, está diseñada para ser seria, eficiente y hacer uso de su aspecto y capacidades para obtener lo que quiero pero bajo la programación subyacen pequeños detalles que luchan por salir al descubierto, como su gusto por el jazz y su afición a la cocina. Hace lo posible por no demostrar rasgos que supuestamente no debería poseer y eso la convierte en una “persona” desconcertante para aquellos que no saben nada de esa dicotomía. Sus actuales rutinas de interacción social la impelen a mostrarse como una humana profesional pero cercana, con la intención de ganarse la confianza de sus futuros compañeros, pero el choque entre programación y preferencias personales hace que Aki se muestre en ocasiones brusca y contradictoria.

Aki puede alterar el color de su piel, ojos y cabello, así como la longitud de este hasta cierto punto con sencillez. Sus rasgos faciales pueden modificarse de forma muy limitada para ayudarla a pasar desapercibida, aunque Aki tiene una apariencia “real” definida que es la que suele adoptar la mayor parte del tiempo, pues no desea que nadie descubra esta capacidad suya pues restaría eficiencia a su capacidad de infiltración.

Este es el aspecto más frecuente de Aki.

 

Uno de los dispositivos integrados más llamativos de Aki.

Aki adopta con frecuencia esta otra apariencia que por algún motivo le resulta tremendamente afín, hecho que no consta siquiera en sus propios logs, dado que ha pirateado su sistema de registros para no ofrecer a la empresa ciertos datos de los que no quiere que tengan constancia.

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